A pesar del pronóstico optimista del ministro Luis Caputo, el nuevo dato sobre el costo de vida vuelve a sembrar interrogantes sobre la estabilidad del rumbo económico, mientras el sacrificio de los hogares se profundiza entre ajuste, pérdida de poder adquisitivo y un endeudamiento creciente.
A horas de que el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) divulgue las cifras oficiales, el titular del Palacio de Hacienda decidió adelantar lo que muchos sectores ya anticipaban con inquietud: el índice de precios del tercer mes del año trepará por encima del tres por ciento. Lejos de tratarse de una mera precisión estadística, la confirmación sacude nuevamente la confianza en la sostenibilidad del programa económico impulsado por la administración de Javier Milei, en un clima atravesado por la tijera fiscal, el desplome del consumo y el progresivo deterioro de los salarios reales.
La declaración tuvo como escenario la Bolsa de Comercio de Rosario, donde el reconocido artífice del último acuerdo de refinanciación con el Fondo Monetario Internacional intentó explicar el rebrote inflacionario apelando a causas externas. Según su diagnóstico, el encarecimiento de los precios responde fundamentalmente a las turbulencias internacionales derivadas del conflicto bélico en Medio Oriente, que habría generado un “shock” en el valor del petróleo. Ese impacto, señaló, se trasladó de manera casi automática a rubros estratégicos como los combustibles, el transporte de pasajeros y la educación, este último afectado también por su propia estacionalidad de comienzo del ciclo lectivo.
“Seguramente estará por arriba del tres por ciento porque hubo un sacudón que repercutió de forma evidente en todo lo vinculado con el crudo, desde los boletos aéreos de cabotaje hasta el transporte urbano; sin olvidar la educación, que en marzo arrastra su propio pico estacional”, detalló el funcionario, en una intervención que muchos analistas interpretaron como un malabarismo retórico destinado a desviar la atención de la dinámica local de precios.
Sin embargo, la versión oficial —que algunos críticos califican como un intento de maquillar la realidad— coexiste con una cotidianeidad signada por incrementos sucesivos en bienes y servicios esenciales. Todo ello en el marco de un modelo que propugna la desregulación absoluta de los mercados y la retirada del Estado de su rol protector, dejando a los asalariados librados a su propia suerte frente a la vorágine de remarcaciones.
El reconocimiento de una inflación que supera el umbral del tres por ciento llega justo en el momento en que el Gobierno más necesita exhibir indicios de estabilización. Caputo, no obstante, intentó imprimir un tono esperanzador: aseguró que, pese al dato adverso, durante abril se iniciaría una fase de desaceleración de los precios acompañada de una recuperación de la actividad económica. “No puedo estar más esperanzado”, afirmó con énfasis, y llegó incluso a vaticinar que se avecinan “los mejores dieciocho meses de las últimas dos décadas”.
Esa declaración choca de frente con una realidad mucho más áspera, donde los ingresos de los trabajadores continúan rezagados frente a una canasta básica cada vez más inalcanzable, al tiempo que se multiplica el endeudamiento de las familias y la caída del consumo se vuelve estructural. El propio ministro admitió que la apertura económica no está generando efectos homogéneos, lo que revela, entre líneas, que amplios sectores productivos y laborales enfrentan serias dificultades para adaptarse al nuevo esquema de competencia externa.
En ese contexto, el responsable de la cartera económica recurrió a una metáfora que generó incomodidad en más de un oyente: “Cambio la melodía, ¿estoy dispuesto a bailar este nuevo ritmo? Esa es una decisión individual, cada cual es libre de tomarla. FATE cazaba en el zoológico; entraron cuatro neumáticos chinos y dijo: ‘No juego más’. Esa es una opción válida”, ilustró con una insensibilidad que no pasó inadvertida. La frase sintetiza una lógica según la cual el ajuste y la desregulación se presentan como fenómenos inevitables —casi naturales— más que como el resultado de elecciones políticas concretas con costos sociales perfectamente identificables.
Ajuste, apertura y consecuencias en el mundo real
A lo largo de su exposición ante los operadores bursátiles, el titular del Ministerio de Economía defendió con vehemencia la política de liberalización de las importaciones y minimizó las advertencias acerca de sus efectos colaterales. Incluso empleó el caso de la reconocida fábrica de neumáticos como un ejemplo virtuoso de cómo la competencia foránea obliga a las empresas a reinventarse. Lo que omitió mencionar, al menos en ese tramo de su discurso, es que esa misma reconfiguración dejó a novecientas veinte personas en la calle, víctimas colaterales de una lógica que privilegia la eficiencia abstracta por encima de la estabilidad laboral.
En paralelo, el ministro insistió en que la Argentina atraviesa una coyuntura “sin precedentes”, con indicadores financieros que —según su particular lectura— no reflejan en absoluto un clima de crisis. “¿Acaso hemos visto alguna vez a este país hecho un desastre mientras el dólar se derrumba?”, cuestionó, aludiendo a la estabilidad cambiaria y al nuevo papel del Banco Central, esa entidad que en otro momento propuso cerrar y que hoy funciona como un engranaje central de la especulación financiera.
Sin embargo, detrás de esos guarismos aparentemente virtuosos, el modelo exhibe fracturas cada vez más profundas. La combinación letal de ajuste fiscal feroz, apertura descontrolada de las importaciones y desplome del mercado interno golpea con particular crudeza a la industria nacional y al entramado de pequeñas y medianas empresas, que ven cómo se erosiona día a día su capacidad para sostener niveles mínimos de competitividad. El optimismo del ministro, reflejado en sus proyecciones de bonanza extendida, parece así bailar al son de una melodía que muchos argentinos, atrapados en la cuerda floja de la supervivencia cotidiana, todavía no logran escuchar.
