El tablero de los poderosos: los guiños de Rocca, la estrategia de Macri y la militancia empresarial de Galperín

El tablero de los poderosos: los guiños de Rocca, la estrategia de Macri y la militancia empresarial de Galperín

Mientras el líder PRO reinterpreta a su favor un encuentro con el dueño de Techint, el fundador de Mercado Libre profundiza su sintonía con la gestión libertaria. Un análisis de los movimientos que delinean un nuevo mapa de influencias y el denominado “síndrome avenida del medio”, síntoma de una mutación política en curso.

En las últimas horas, la escena política y empresarial argentina volvió a tensarse a partir de un episodio que, como un reflejo imperfecto, muestra las ambiciones, los silencios y las lealtades cambiantes en la cúspide del poder económico. La figura de Paolo Rocca, líder del grupo Techint, ha reaparecido en el centro de las especulaciones, no tanto por lo que dice públicamente sino por lo que otros deciden interpretar de sus gestos privados. Y en esa reinterpretación, el nombre de Mauricio Macri emerge con una intencionalidad clara: posicionarse como el articulador natural de un espacio opositor amplio, que muchos dan por descontado pero que aún no termina de cristalizar.

Todo comenzó hace aproximadamente quince días, en una velada en la residencia del capitán de Techint. Allí, Rocca compartió una cena —preparada por él mismo, según quienes conocen sus costumbres— con un reducido grupo de directivos de su holding y con el exmandatario PRO. Lo que sucedió en esa mesa ha sido relatado por Macri con un entusiasmo que roza la reinterpretación estratégica. Según la versión difundida por el líder del espacio amarillo, Rocca habría planteado la urgente necesidad de construir una alternativa opositora sólida y amplia, y Macri habría quedado posicionado como el conducto natural de esa empresa. Sin embargo, fuentes cercanas a la reunión deslizan una verdad incómoda para el relato macrista: en ningún momento el dueño de Techint mencionó nombres propios ni bendijo candidatura alguna.

Rocca, sostienen los mismos interlocutores, se mueve con una elegancia calculada. Su estilo no es el del militante político ni el del operador explícito. Cultiva el relacionismo como un arte ancestral, recibiendo en su hogar a dirigentes de distintos signos e incluso a otros empresarios de su mismo calibre. En los últimos meses, por su mesa han pasado figuras de la oposición tradicional, referentes del peronismo no kirchnerista e incluso funcionarios de la actual administración libertaria. Lo que Macri eligió vender como un “operativo clamor” en su favor es, en realidad, una pieza más del ajedrez personal de Rocca, quien mira con creciente distancia a Javier Milei y su gestión, especialmente por los efectos de la apertura económica súbita sobre numerosos sectores industriales.

El fastidio del empresario ante la versión difundida por el exmandatario no es menor. En Techint rige un código interno que nadie osa quebrantar: se puede debatir sobre la compañía, sobre los negocios o sobre los representantes políticos en ejercicio, pero jamás se ventila lo que Paolo hace en su esfera privada. Que Macri haya utilizado aquel encuentro para alimentar su propia narrativa de poder ha generado un malestar que, aunque no se manifiesta en declaraciones públicas, sí circula en los pasillos del holding. Rocca, acostumbrado a estar siempre por encima de estas contiendas, prefiere ahora replegarse en un silencio elocuente.

Mientras tanto, en otra vereda del mundo empresario, Marcos Galperín despliega una estrategia de signo opuesto. El fundador de Mercado Libre no solo ha dejado de lado cualquier ambigüedad: su militancia a favor del gobierno de Javier Milei es cada vez más explícita y comprometida. A diferencia de Rocca, que privilegia el equilibrio y la diversidad de contactos, Galperín ha apostado sin red a la gestión libertaria, participando activamente en foros internacionales donde defiende las políticas de desregulación y ajuste fiscal impulsadas por el Ejecutivo.

Lo que para algunos analistas representa un mero cálculo comercial —Mercado Libre es uno de los grandes beneficiados por la desregulación financiera y cambiaria— para otros constituye una novedad política de relevancia: es la primera vez que un empresario tecnológico de esa envergadura asume un rol tan frontal en la defensa de un gobierno argentino, rompiendo con la tradición del bajo perfil corporativo. Galperín no solo milita en redes sociales y entrevistas, sino que también ha tejido una relación directa con Milei y su círculo más íntimo, funcionando como una suerte de puente entre la Casa Rosada y el ecosistema emprendedor global.

En este contraste de estilos —Rocca tejiendo desde la cautela, Macri operando desde la sobreinterpretación, Galperín militando desde la convicción empresarial— emerge un fenómeno que los analistas políticos ya bautizaron como el “síndrome avenida del medio”. La expresión alude a esa franja de dirigentes y empresarios que, sin romper del todo con el oficialismo, tampoco se pliegan completamente a él, y que en otras épricas funcionaban como termómetro del humor de los mercados. Hoy, ese sector del medio parece haberse fracturado: algunos, como Rocca, se distancian en silencio por el daño a la industria local; otros, como Macri, intentan capitalizar ese descontento para reposicionarse; y unos pocos, como Galperín, se alinean sin fisuras con el experimento libertario.

El dato central, que ningún analista osa ignorar, es que este reacomodamiento no es anecdótico. Señala un cambio de época en la relación entre el poder económico y el poder político. Ya no rigen las viejas reglas del lobby discreto ni de las cenas privadas que nunca se comentan. Ahora, cada encuentro, cada frase, cada tuit o cada silencio es rápidamente traducido como un posicionamiento público. Macri necesita creer que Rocca lo respalda porque su propia supervivencia política depende de mostrarse como el único articulador posible de una alianza opositora. Galperín, en cambio, ya no necesita mostrar nada: su apuesta está hecha, y su nombre ya es parte del relato oficial.

En medio de este juego de espejos, la figura de Paolo Rocca permanece enigmática. No desmiente, no confirma, no aclara. Sabe que su poder no reside en los pronunciamientos estridentes sino en la capacidad de esperar y de recibir, en esa cocina privada donde sigue cocinando para dirigentes de todos los colores. Macri puede haberse llevado una anécdota para alimentar su relato, pero la verdadera jugada del empresario aún está por verse. Y esa incertidumbre, justamente, es lo que lo vuelve tan valioso en el tablero actual. Porque en la Argentina de Milei, el peso de un gesto silencioso de Rocca puede tener más impacto que cien declaraciones encendidas de cualquier dirigente con aspiraciones.

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