Mientras el oficialismo pregona una cruzada contra los privilegios de “la casta”, la aparición de un automóvil de lujo valuado en una fortuna estacionado en las puertas de la Cámara de Diputados desató un rápido pedido interno para hacerlo desaparecer. El vehículo, perteneciente al legislador jujeño Manuel Quintar, se convirtió en un dolor de cabeza inesperado para el espacio libertario.
En la jornada parlamentaria habitual, lo que normalmente roba la atención es el ingreso de los legisladores, los debates o las declaraciones incendiarias. Sin embargo, en esta ocasión, todo quedó relegado por un detalle de alto voltaje económico: un automóvil Tesla, cuyo precio ronda los 300 millones de pesos, apareció estacionado en las inmediaciones de la Cámara baja. El dueño de la joya automotriz no era un empresario ni una figura del espectáculo, sino el diputado nacional por Jujuy, Manuel Quintar. Y lo que siguió, lejos de ser una anécdota menor, se transformó en un verdadero conflicto doméstico para La Libertad Avanza. La sugerencia, que algunos describieron directamente como una orden, no se hizo esperar: había que retirar el vehículo del lugar con urgencia.
La escena fue destapada por el periodista David Cayón a través de sus plataformas digitales. Según relató el comunicador, Quintar había arribado al Palacio Legislativo a bordo del lujoso coche eléctrico cuando otro integrante de su propia bancada, el también libertario Álvaro Martínez Gonzáles –más conocido en el ámbito público como “Alfi” Gonzáles– se le acercó con un mensaje escueto pero contundente: debía sacar el automóvil de allí. Ninguno de los involucrados explicitó las razones del pedido, aunque la postal resultaba por sí misma elocuente. En un movimiento político que construyó gran parte de su discurso a partir de la embestida contra los privilegios de la denominada “casta”, la imagen de un diputado oficialista descendiendo de un vehículo valuado en una suma millonaria frente al Congreso nacional resultaba, como mínimo, contradictoria.
El conflicto no tardó en propagarse en las redes sociales. La publicación de Cayón se volvió viral en cuestión de horas y abrió una catarata de comentarios señalando la distancia sideral entre el relato de austeridad que pregona La Libertad Avanza y los signos ostensibles de alto patrimonio que muestran algunos de sus referentes. El revuelo fue tal que, dentro del propio espacio, cundió la alarma. El gesto, que pudo haber pasado como una anécdota intrascendente, se transformó en un problema comunicacional que obligó a accionar rápido para evitar mayores costos políticos.
No es la primera vez que el nombre de Manuel Quintar sacude el ecosistema libertario. El abogado jujeño, que asumió su banca en diciembre de 2023, mantiene una activa presencia en las redes sociales, donde también se autopromociona como deportista. Sin embargo, el episodio del Tesla no hizo más que sumarse a una cadena de controversias que ya venían rodeando al legislador. Recientemente, el secretario general del Sindicato de Obreros y Empleados Azucareros del Ingenio Ledesma (SOEAIL), Luciano Lezano, lo denunció públicamente por presuntos sobornos vinculados a contratos de prestaciones de la obra social gremial. Según la versión del dirigente sindical, Quintar le habría ofrecido dinero a cambio de cerrar acuerdos favorables y, ante la negativa, comenzaron las intimidaciones y maniobras de presión. Lezano también denunció supuestos desvíos millonarios de fondos y responsabilizó políticamente al parlamentario por la caída en la calidad de las prestaciones médicas. Voceros del ámbito gremial señalaron, además, que Quintar responde políticamente a Martín Menem y a Eduardo Menem, lo que agrega una capa extra de complejidad al entramado interno del espacio libertario.
El capítulo del automóvil de lujo, aunque pudo ser resuelto con una maniobra discreta para evitar roces innecesarios, dejó al desnudo una fragilidad sensible en el relato de un movimiento que creció prometiendo poner fin a las prebendas de la política tradicional. La postal del Tesla estacionado frente al Congreso se convirtió así en un símbolo incómodo, un recordatorio de que, en la práctica, el lujo y la política siguen encontrándose con frecuencia en la misma vereda.
