Los mandatarios mantuvieron una cumbre clave en Pekín marcada por disputas comerciales, la crisis en Irán y el conflicto por Taiwán. El encuentro busca recomponer una relación estratégica atravesada por años de enfrentamientos económicos y diplomáticos.
En un contexto internacional marcado por la incertidumbre económica y las crecientes tensiones geopolíticas, el presidente de China, Xi Jinping, recibió este jueves en Pekín a su par estadounidense, Donald Trump, en una reunión considerada decisiva para el futuro de las relaciones entre las dos mayores potencias del planeta. El encuentro, celebrado en el imponente Gran Salón del Pueblo, en la histórica plaza Tiananmén, estuvo cargado de simbolismo político y expectativas diplomáticas.
La jornada comenzó con una solemne ceremonia de bienvenida organizada por el gobierno chino. Xi recibió a Trump con todos los honores protocolares, mientras sonaban los himnos nacionales y ambos líderes pasaban revista a las tropas apostadas frente al edificio gubernamental. Desde los primeros minutos, el mandatario norteamericano intentó transmitir una señal de acercamiento y optimismo. “Deberíamos ser aliados y no competidores. Tenemos la posibilidad de construir un futuro extraordinario juntos”, expresó Trump ante la prensa, al tiempo que volvió a elogiar a Xi Jinping, a quien definió como “un dirigente excepcional”.
El jefe del régimen chino, por su parte, aseguró sentirse “complacido” por la visita del republicano y advirtió que el escenario internacional atraviesa “una etapa crucial”, en referencia al complejo equilibrio político y económico que domina actualmente al mundo.
La visita de Trump a China, la primera de un presidente estadounidense desde su propio viaje en 2017, estuvo rodeada de una fuerte expectativa internacional. Originalmente prevista para marzo, la cumbre había sido postergada debido a la escalada bélica en Medio Oriente. Ahora, en un escenario todavía convulsionado por el conflicto con Irán y las consecuencias económicas derivadas de esa crisis, ambos mandatarios intentan reconstruir puentes tras años de enfrentamientos comerciales y acusaciones cruzadas.
Trump arribó el miércoles a la capital china y fue recibido personalmente por el vicepresidente Han Zheng, junto al embajador chino en Washington, Xie Feng, y altas autoridades diplomáticas del régimen. A diferencia de su visita anterior, esta vez no estuvo acompañado por Melania Trump, aunque sí desembarcó con una influyente delegación integrada por funcionarios de alto rango y figuras centrales del empresariado estadounidense.
Entre los nombres más destacados figuraron el secretario de Estado, Marco Rubio; el director ejecutivo de Boeing, Kelly Ortberg; y magnates tecnológicos como Elon Musk, líder de Tesla; Tim Cook, director de Apple; y Jensen Huang, referente de Nvidia. También participaron representantes de gigantes financieros y tecnológicos como BlackRock, Meta, Visa, Mastercard y Goldman Sachs, lo que dejó en evidencia el enorme peso económico que rodea las negociaciones bilaterales.
Uno de los ejes centrales de la reunión fue el comercio internacional. Washington busca reducir el desequilibrio comercial que mantiene con Pekín y avanzar en nuevos acuerdos vinculados al sector agrícola, además de impulsar un posible megaproyecto de compra de aeronaves de Boeing por parte de China. Antes de partir desde Estados Unidos, Trump había anticipado que buscaría convencer a Xi Jinping de “abrir China” para permitir una mayor expansión de empresas e inversiones estadounidenses.
Las tensiones económicas entre ambos países arrastran varios años de enfrentamientos. Tras su regreso a la Casa Blanca en 2025, Trump retomó su política de aranceles y restricciones contra productos chinos, reactivando una guerra comercial que volvió a impactar sobre los mercados internacionales y las cadenas globales de suministro. Aunque ambas potencias alcanzaron una tregua temporal en octubre pasado, persisten las diferencias sobre propiedad intelectual, subsidios industriales, competencia desleal y control de sectores estratégicos como los semiconductores y las tierras raras.
En paralelo a la cumbre presidencial, delegaciones económicas de ambos países mantuvieron negociaciones en Corea del Sur. Allí, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino, He Lifeng, sostuvieron conversaciones que, según medios oficiales chinos, fueron “francas, profundas y constructivas”, con el objetivo de ampliar la cooperación y resolver disputas pendientes.
Sin embargo, el comercio no fue el único asunto delicado sobre la mesa. La guerra en Irán se convirtió en otro punto central del diálogo. Estados Unidos pretende que China utilice su estrecha relación política y económica con Teherán para colaborar en una salida diplomática al conflicto en el Golfo Pérsico. Washington considera que Pekín posee influencia suficiente para presionar a las autoridades iraníes y reducir la tensión regional.
Trump había declarado antes del viaje que mantendría “una conversación extensa” sobre Irán con Xi Jinping, aunque aclaró que Estados Unidos “no necesita ayuda” de China. No obstante, el tono de su secretario de Estado fue más contundente. Marco Rubio sostuvo que “es del interés de China” intervenir para lograr que Irán modifique su comportamiento en la región y contribuya a estabilizar la situación en el estrecho de Ormuz, una vía marítima estratégica para el tránsito energético mundial.
La preocupación de Pekín por el conflicto no es menor. Cerca de la mitad de las importaciones energéticas chinas atraviesan esa zona, y funcionarios estadounidenses aseguraron recientemente que un carguero chino resultó afectado durante los ataques registrados el fin de semana pasado entre Irán y fuerzas estadounidenses. Rubio incluso advirtió que varios buques chinos permanecen bloqueados en la región debido a la escalada militar.
China, que reiteró en numerosas ocasiones su respaldo a una salida diplomática, también condenó los ataques lanzados por Estados Unidos e Israel contra territorio iraní. A la vez, el gobierno de Xi insiste en la necesidad de preservar la soberanía y la estabilidad de los países del Golfo, socios estratégicos fundamentales para la economía china.
Otro de los temas más sensibles abordados durante la cumbre fue Taiwán. Pekín volvió a reclamar a Washington que actúe “con prudencia” respecto a la isla y exija el cese del suministro de armamento a Taipéi. China considera a Taiwán parte inseparable de su territorio y rechaza cualquier tipo de apoyo militar extranjero hacia el gobierno taiwanés.
Horas antes de la llegada de Trump, las autoridades chinas reiteraron su rechazo a las ventas de armas estadounidenses a la isla, mientras el mandatario republicano adelantó que el tema sería parte de las conversaciones bilaterales. Estados Unidos, aunque no reconoce oficialmente la independencia taiwanesa, continúa siendo el principal respaldo militar y político del territorio, una situación que mantiene en permanente tensión la relación entre ambas potencias.
A pesar de las profundas diferencias que persisten en varios frentes, Xi Jinping ofrecerá esta noche un banquete oficial en honor a Trump y continuará este viernes con nuevas actividades protocolares, entre ellas un almuerzo privado y una tradicional ceremonia de té. Gestos diplomáticos que buscan distender una relación compleja, marcada por la competencia estratégica, pero también por la necesidad mutua de evitar una confrontación abierta que podría alterar el equilibrio económico y político mundial.
