El ministro de Desregulación y Transformación del Estado recurrió a una analogía cinematográfica y a un discurso emotivo ante una audiencia europea para justificar las reformas de Javier Milei, aunque sus muestras de vulnerabilidad generaron escepticismo por la contradicción con la crudeza de las políticas de recorte impulsadas desde el Ejecutivo.
En el marco de una exposición organizada por el think tank Agenda Austria en Viena, el funcionario Federico Sturzenegger volvió a erigirse como uno de los voceros más fieles a la narrativa épica promovida por la administración de Javier Milei. Lejos de limitarse a defender con tecnicismos las reformas de corte libertario, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado optó por una puesta en escena de alto voltaje emocional, que incluyó referencias a una película de catástrofes y un quiebre visible –aunque para muchos observador forzado– al aludir a sus propios hijos y al fenómeno de la emigración juvenil argentina.
Con un tono que oscilaba entre la confesión íntima y la proclama política, Sturzenegger evocó la trama de “El Núcleo”, aquel filme de ciencia ficción donde un grupo de científicos arriesga sus vidas para evitar el colapso del planeta. El ministro confesó sentirse reflejado en uno de aquellos personajes que acepta la misión fundamentalmente para resguardar a su familia. A partir de ese símil cinematográfico, el arquitecto del ajuste nacional aseguró que su incorporación al gobierno de Milei respondió a un sentimiento primordial: el miedo paralizante por el porvenir de sus tres hijos, dos varones de veintiún y veinte años, y una hija de dieciséis.
“Si la Argentina hubiera proseguido por la senda que transitaba con la gestión anterior, yo mismo les habría aconsejado a mis hijos que abandonaran el país”, declaró ante el auditorio europeo, en un intento por retratar el supuesto estado de descomposición previo como una amenaza concreta para los lazos familiares. Luego, con una inflexión que pretendía ser esperanzadora, agregó: “Me consultaban qué ocurría y hoy los jóvenes están regresando. Eso constituye el logro más asombroso que estamos alcanzando”.
Fue en ese instante cuando el ministro, reconocido por su perfil técnico y su faceta de desregulador implacable, protagonizó el momento más controvertido de su alocución. Visiblemente quebrado, se secó unas lágrimas mientras musitaba un “perdón, disculpen que me emocione”. Afirmó que su único anhelo consiste en “crecer con sus hijos cerca de la familia”. Para reforzar esa imagen de sensibilidad, mencionó que su cuñado reside en Madrid y un hermano vive en Washington, y que la familia se ve reducida a encontrarse con sus sobrinos únicamente a través de pantallas. “Los queremos tener cerca”, remató, en un pasaje que muchos calificaron como una suerte de melodrama doméstico interpuesto en medio de una defensa de las reformas estructurales más drásticas de las últimas décadas.
Sin embargo, la puesta en escena del funcionario no logró ocultar una contradicción de fondo que varios analistas y voces opositoras no tardaron en señalar. El mismo funcionario que ahora derramaba lágrimas por la reunificación familiar es uno de los principales impulsores de la motosierra estatal, el recorte de partidas sociales, la desregulación laboral y la licuación de derechos conquistados. La crudeza del ajuste impulsado por el propio Ejecutivo –con Sturzenegger como uno de sus ejecutores más visibles– choca de manera frontal con aquel discurso lacrimógeno que intenta instalar la idea de un gobierno movilizado por el amor filial.
La presentación en Viena, lejos de ser una anécdota menor, se inscribe en una estrategia comunicacional más amplia del oficialismo: humanizar a los artífices de políticas que, en los hechos, profundizan la precarización y la emigración forzada. Mientras Sturzenegger se quebraba en el escenario europeo, cientos de miles de argentinos continúan viendo erosionado su poder adquisitivo, pierden sus puestos laborales o directamente empujan sus propias maletas hacia el exilio, aunque no por una decisión paterna compasiva, sino por la urgencia de sobrevivir lejos de una economía que cada vez ofrece menos resquicios.
Las lágrimas del ministro, verdaderas o impostadas, revelan una paradoja insoslayable: el miedo a la distancia familiar que dice padecer es, para vastos sectores populares, una realidad cotidiana acrecentada por las propias políticas que él defiende. Mientras tanto, desde el Palacio de Hacienda y las oficinas de Desregulación, la maquinaria del ajuste no muestra signos de pausa ni, mucho menos, de conmoción sentimental.
