En la reapertura del Estadio Azteca, la escuadra anfitriona se impuso por dos goles de diferencia frente a los sudafricanos, reviviendo el fantasma del empate de 2010 pero esta vez con un final favorable. Los pupilos de la verde camiseta buscan esta vez trascender los octavos de final, una ronda que históricamente se les ha convertido en un muro infranqueable.
En una noche cargada de simbolismos y con la majestuosidad del renovado Coloso de Santa Úrsula como testigo, la selección anfitriona del Mundial 2026 comenzó su caminata con un sólido triunfo ante su par de Sudáfrica. El marcador final de dos tantos contra cero no solo desató la algarabía de una marea vestida de verde, sino que también representó un desquite tácito de aquella igualdad sufrida en el partido inaugural del certamen sudafricano celebrado hace dieciséis años.
Los autores de la gesta ofensiva fueron Julián Quiñones y Raúl Jiménez, quienes en momentos clave del encuentro lograron quebrar la resistencia del arquero rival. Este resultado coloca a los locales como primeros líderes del Grupo A, una zona de la cual también participan Corea del Sur y la República Checa. La victoria adquiere un sabor especial si se repasa el antecedente más inmediato entre ambas naciones en una Copa del Mundo: aquel 11 de junio de 2010, cuando el Soccer City de Johannesburgo fue escenario de un vibrante empate a un tanto. En esa ocasión, los africanos se adelantaron mediante un gol de antología ejecutado por Siphiwe Tshabalala, mientras que la igualdad mexicana llegó gracias a la experiencia y jerarquía de Rafael Márquez.
Con la mira puesta en la historia, el combinado azteca arriba a esta justa planetaria con la imperiosa necesidad de exorcizar sus demonios recientes. La escuadra dirigida por el estratega en turno arrastra una suerte de sino adverso conocido popularmente como la “maldición del quinto encuentro”, una barrera psicológica que le ha impedido avanzar más allá de los octavos de final en siete ediciones distintas: Estados Unidos 1994, Francia 1998, Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018. A este sombrío registro se suma la temprana despedida en Catar 2022, donde ni siquiera logró superar la fase de grupos. Paradójicamente, sus actuaciones más brillantes en la historia del torneo ocurrieron precisamente cuando ofició como anfitrión, alcanzando los cuartos de final en las ediciones de 1970 y 1986.
Del otro lado del campo, el combinado sudafricano llega con un cartel de candidato más débil dentro del grupo. Las recientes presentaciones del equipo han generado dudas, ya que no consiguió doblegar a selecciones de menor jerarquía como Panamá, Nicaragua y Jamaica. En sus tres participaciones mundialistas previas (Francia 1998, Corea-Japón 2002 y Sudáfrica 2010), nunca logró superar el primer. Su bagaje histórico en la máxima cita del fútbol mundial arroja un saldo de dos victorias, cuatro igualdades y tres derrotas en nueve presentaciones, números que reflejan una constante lucha por hacerse un lugar entre la élite del balompié global.
