En medio de una nación que se desmorona entre crisis económica y duelo sentimental, la selección argentina regala un oasis de genialidad. Con un Messi inmortal en su partido número 200, el equipo de Scaloni no solo goleó a Argelia, sino que devolvió la ilusión a un pueblo que encuentra en la pelota su último refugio contra la desesperanza.
Por alguna ironía del destino, o quizás un capricho del azar para no dejar morir la fe, a este país convulsionado le toca rendirse ante la evidencia de que, mientras todo se desmorona, aún queda espacio para el asombro. La realidad nacional, implacable en lo económico desde hace temporadas interminables y cruel en lo anímico en estos días teñidos de luto, parece encontrar un contrapeso en el césped. Allí, un grupo de amigos, liderados por un genio de casi 39 años, se empeña en demostrar que la épica aún es posible, que la ilusión puede resurgir entre los escombros de un presente hostil. Es como si el cosmos, en un gesto de misericordia, pusiera frente a nuestros ojos a estos muchachos que rompen esquemas con un balón en los pies, invitándonos a soñar de nuevo cuando todo invita a rendirse.
La previa del contundente 3-0 ante Argelia en Kansas City estuvo atravesada por un interrogante recurrente: ¿cómo respondería el campeón del mundo ante el desafío de mantener ese “hambre” de gloria que lo distingue? La pregunta flotaba en el aire del Arrowhead Stadium, y hasta el exmandatario Mauricio Macri, presente en las gradas, se animó a desear que “todos tengan hambre”, aunque sin la menor intención de trasladar esa metáfora al terreno político. Mucho más certeras resultaron las respuestas en el campo. Rodrigo De Paul, con su entrega habitual, y ni qué hablar de Lionel Messi, con su magia inagotable, se encargaron de disipar cualquier duda. Una asistencia infernal del 7, un golazo mayúsculo del 10. Casualidad o no, fueron dos de los “veteranos” del plantel —junto al Dibu Martínez, los únicos que superaban la treintena entre los titulares— los que rubricaron su vigencia con firma de oro.
Con casi 39 primaveras a cuestas, al capitán rosarino no se le escapa un detalle, ni en lo táctico ni en lo simbólico. Su primera ovación de la noche no llegó por una gambeta prodigiosa o un pase milimétrico, sino por una recuperación defensiva en su propio territorio. El 10, el mimado, el rostro del Mundial, se arremangó desde el arranque en campo propio, marcando el tono de lo que sería su actuación número 200 con la camiseta albiceleste. Y no fue un acto aislado: minutos después, volvió a ganar un balón dividido en el suelo, como un obrero del fútbol que no desdeña el sacrificio. Desde la cabina de prensa, ubicada en el último piso del imponente Arrowhead, la visión era casi aérea, tan distante que hasta los pájaros parecían esforzarse por volar frente al vidrio a esa altura. ¿Qué sentido tiene erigir estadios tan descomunales si el rectángulo de juego conserva las mismas dimensiones de siempre? Cosas de la arquitectura yanqui, que a veces privilegia el impacto visual sobre la intimidad del espectáculo.
Contrario a lo que suele destacarse en equipos de enorme talento ofensivo, da la impresión de que la actividad predilecta de esta Selección dirigida por Lionel Scaloni es la recuperación del esférico en zona propia, para luego tejer cuatro o cinco pases consecutivos que desnuden al rival. Casi como un mandato religioso, una forma de desmoralizar al adversario con la paciencia del tejedor. En esa faceta, el mediocampo albiceleste funcionó como un reloj suizo, con un Alexis Mac Allister particularmente voraz en la presión, aunque sería injusto destacar a uno solo cuando el colectivo funcionó a la perfección.
Como contrapunto, el conjunto pareció depender en exceso de la inventiva de su capitán para generar peligro en ataque. En parte porque lo que hizo Messi dentro del rectángulo fue sencillamente descomunal, y en parte porque todos sus compañeros buscaron una y otra vez el pase hacia él, quizás con más ahínco del debido. Pero este es su último tango, y todos lo saben: los jugadores, el cuerpo técnico y, por supuesto, la multitud. “Que de la mano de Leo Messi, toda la vuelta vamos a dar”, corearon las gradas tras el segundo gol, en un estadio teñido de celeste y blanco, salpicado por algunos puntos verdes y rojos —estos últimos, los colores de los asientos vacíos, que resultaron llamativamente numerosos pese al drama previo por el precio de las localidades. Cuando llegó el tercer tanto, las ovaciones se transformaron en sonrisas incrédulas, como si la realidad superara cualquier ficción concebible.
Y este Messi eterno también lo saben los jóvenes prodigios como Mbappé y Haaland, que irrumpieron en el Mundial con sus credenciales bajo el brazo, y los veteranos como Cristiano Ronaldo y el propio Klose. El alemán, hasta hoy referente absoluto en la cima de los goleadores mundialistas con 16 tantos, ahora debe compartir ese sitial de honor con el rosarino, que con su gol de ayer igualó la marca. El “Gordo” ya lo observa desde atrás, mientras la historia sigue escribiéndose con letras de oro.
Por Argelia, qué decir. Prometió combatir con uñas y dientes, pero terminó entregando menos de lo esperado, aunque logró sembrar un momento de zozobra al inicio, que solo el VAR se encargó de disipar. Los argelinos se jugarán la vida en la próxima fecha ante Jordania, pero contra un Messi en semejante estado de gracia no hay salvación posible. Ni siquiera un pendrive olvidado, repleto de goles, podría haber cambiado el destino de una noche que quedará grabada en la memoria colectiva como un respiro en medio del temporal. Porque, al final, el fútbol es eso: un espejismo de felicidad que, por unos instantes, nos hace creer que todo está bien, aunque afuera el mundo se derrumbe.
