La marea plateada se alza en el Congreso: el grito desgarrador de los jubilados ante el desamparo farmacéutico

La marea plateada se alza en el Congreso: el grito desgarrador de los jubilados ante el desamparo farmacéutico

En una nueva jornada de movilización que convocó a las principales centrales obreras y organizaciones sociales, el colectivo de adultos mayores se erigió como la vanguardia del reclamo. Con carteles ingeniosos y una consigna que estremece, denunciaron la insuficiencia de sus haberes y la pérdida de la cobertura sanitaria, advirtiendo que la supervivencia mensual se les vuelve una ecuación imposible de resolver.

La tarde del miércoles se tiñó de un frío cortante en la Ciudad de Buenos Aires, pero ni el descenso de la temperatura ni el operativo de seguridad dispuesto en las inmediaciones del Palacio Legislativo lograron apagar la ferviente indignación que, una vez más, congregó a los adultos mayores en la plaza. Fieles a su cita semanal, el heterogéneo grupo de autoconvocados y organizados se plantó con firmeza en la primera línea de la protesta, adelantándose incluso a las nutridas columnas de la Confederación General del Trabajo (CGT) y de las diversas agrupaciones políticas y sociales que confluyeron en el histórico escenario de la Avenida Rivadavia. No se trataba de un acompañamiento secundario, sino de un protagonismo reclamado a gritos, donde la experiencia de décadas de lucha se conjugaba con la urgencia acuciante del presente.

El epicentro de la manifestación tuvo un rostro y una voz quebrada por la angustia económica. Julia, una ex trabajadora del sector gráfico de 68 años que percibe el haber mínimo previsional, se convirtió en el altavoz de una multitud que asiente con desesperación. “Cobro, digamos, alrededor del día veinte de cada mes, y al cabo de una semana, mi billetera ya no retiene absolutamente nada”, confesó con crudeza, graficando una realidad que se repite como un calco en miles de hogares de todo el país. Su testimonio no fue un caso aislado, sino la confirmación de una tendencia demoledora: el poder adquisitivo del salario pasivo se esfuma ante la voracidad de la inflación y el encarecimiento de los servicios básicos, dejando al descubierto la profunda fragilidad de la tercera edad.

El reclamo central, que resonó con la fuerza de un latido colectivo, giró en torno a dos ejes fundamentales e innegociables. Por un lado, la imperiosa necesidad de una recomposición integral del ingreso que les permita dejar de sobrevivir en la más precaria de las subsistencias; por el otro, la exigencia de la restitución inmediata de la cobertura total de sus medicamentos, un derecho que, según denuncian, les fue arrebatado por las recientes disposiciones de la administración libertaria. “Estamos mal, sumamente mal. No tenemos recursos para adquirir los fármacos que necesitamos”, alertaron en coro, transformando una queja individual en un diagnóstico social de extrema gravedad. Este reclamo específico se entrelazó con un apoyo militante a todas las demás causas que afectan a los sectores vulnerables, desde los trabajadores formales hasta los desocupados, pasando por los inquilinos y los pequeños comerciantes, en un abrazo simbólico que buscó unificar el descontento general contra las políticas de ajuste.

A pesar del rigor climático que arreciaba al promediar la jornada, la energía del colectivo de mayores no decayó ni un instante. Desde las primeras horas de la tarde, sus ingeniosas pancartas, confeccionadas con un humor ácido y una crítica punzante, se alzaron por encima de las filas sindicales, robando la atención de los transeúntes y de los medios de comunicación. Los tradicionales cánticos, que hacen gala de una picardía porteña inconfundible, se mezclaron con la algarabía de la protesta, mientras llevaban adelante su rito fundacional: la vuelta a la manzana que circunda el Congreso y la realización de la radio abierta, un espacio de democratización de la palabra donde todos tienen la oportunidad de exponer su descontento.

El cerco metálico dispuesto por las fuerzas de seguridad para contener el perímetro del edificio legislativo se transformó en un improvisado tendedero de la memoria y la reivindicación. Las banderas y los pañuelos de los jubilados cubrieron las vallas, pero entre todos los estandartes, uno en particular capturó la atención y el fervor de los presentes: una enorme enseña albiceleste que ondeaba desafiante, con la leyenda «Aguante los Jubilados» bordada en letras mayúsculas. Aquella bandera, que solía identificarse con gestas deportivas, adoptó en este contexto un significado mucho más profundo: el de una resistencia cotidiana, silenciosa pero feroz, de quienes habiendo aportado toda una vida al sistema, hoy se sienten despojados y marginados, peleando no por un privilegio, sino por el más elemental de los derechos: el de una vejez digna.

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