El eco de la recesión sacude los cimientos del oficialismo: el poder económico ya explora alternativas para 2027

El eco de la recesión sacude los cimientos del oficialismo: el poder económico ya explora alternativas para 2027

La profunda crisis del consumo, la importación de productos insólitos y la creciente desconfianza del establishment configuran un escenario de fragilidad política. Mientras el Gobierno niega el desgaste, el Círculo Rojo comienza a moverse en busca de un candidato moderado que canalice el malestar social y empresarial.

En el tablero de la política argentina, los movimientos del poder económico rara vez son caprichosos ni improvisados. Cuando el capital financiero y productivo comienza a distanciarse de un oficialismo que transita sobre un lecho de dificultades sociales, los gobiernos ingresan, casi por inercia histórica, en una etapa de descomposición que anticipa un futuro incierto. Esa regla no escrita de la ciencia política parece estar cumpliéndose con pasmosa exactitud en la administración de Javier Milei, quien, tras dos años y medio de gestión signada por un ajuste brutal, ya se encuentra a la defensiva de cara a las elecciones presidenciales de 2027.

El desgaste no es una percepción subjetiva ni un rumor de pasillos: la recesión se ha instalado como el emergente más tangible de la era libertaria, golpeando con dureza las finanzas de los hogares y poniendo en jaque a un espectro amplio de empresas. El botón de muestra más elocuente de esta debacle se observa en los pasillos de los supermercados, donde el consumo masivo y la industria manufacturera exhiben signos de agotamiento. Según datos, las ventas han sufrido un desplome tan pronunciado que casi nueve de cada diez productos exhibidos en las góndolas se ofrecen bajo algún régimen de promoción o descuento, una estrategia desesperada que, sin embargo, no logra dinamizar la demanda. A esta situación se suma un estallido en la morosidad de los pagos con tarjeta de crédito para bienes de primera necesidad, lo que revela un estrangulamiento profundo de la capacidad adquisitiva.

Paradójicamente, este contexto de contracción se combina con una apertura económica que permite la entrada de bienes importados a precios ridículamente bajos, en una suerte de experimento de mercado que busca abaratar costos pero que desarticula la producción local. La sorpresa de la última semana fue la aparición en góndolas de fideos provenientes de Bulgaria, un fenómeno que se suma a la llegada de panes lactales alemanes y budines individuales de origen bávaro, productos que, aun siendo más económicos, no logran cautivar al consumidor local, pero que sirven como moneda de cambio para financiar otras promociones. Este escenario bizarro es, en rigor, el reflejo más nítido de un modelo económico que navega entre la confusión y la desesperación.

En este clima de tormenta perfecta, los industriales, que hasta hace poco mantenían una actitud de calma y obsecuencia en el seno de la Unión Industrial Argentina (UIA), comienzan a mostrar signos de rebelión. El malestar acumulado durante meses de recesión y apertura indiscriminada está a punto de cristalizar en un evento significativo: el Día de la Industria, que se celebrará a principios de septiembre, se perfila como la jornada más sombría en décadas para el sector. Lo que antes era un murmullo de descontento se transforma ahora en un plan de acción, con la incubación de una sorpresa que los empresarios tienen reservada para el Presidente y que promete sacudir los cimientos de la Casa Rosada.

El golpe al bolsillo de los ciudadanos, que ningún referente económico recuerda haber visto de semejante magnitud, se ha convertido en el combustible que aviva el despertar del poder real, el económico. Este sector, tradicionalmente pragmático, ya no se conforma con una sucesión política que gire en torno a un «mileísmo sin Milei», sino que empuja con creciente urgencia la generación de un candidato moderado que se erija como opositor, pero que ofrezca certezas y diálogo. Aunque el Presidente aún conserva cierto respaldo del establishment, su figura comienza a deslizarse sobre la arena movediza de la desconfianza, un terreno donde las alianzas se reconfiguran y los apoyos se vuelven líquidos.

El denominado Círculo Rojo no tiene la capacidad de ganar elecciones por sí mismo, pero sí posee la potestad de marcar agendas y establecer contextos. Una mirada retrospectiva permite advertir que cada vez que el establishment se ha volcado a impulsar una «ancha avenida del medio», el oficialismo de turno ha visto surgir un problema mayúsculo. No porque esas opciones representen un caudal electoral arrollador –de hecho, suelen perder o no evolucionar–, sino porque la mera exploración de esa tercera vía opera como un acto de emancipación simbólica respecto del modelo vigente. Es el principio del fin, el hecho fundacional de la crisis política de cualquier gobierno.

En esa búsqueda, el armador político Emilio Monzó, con su vasta experiencia en el PJ y el PRO, se ha dedicado casi por entero a posicionar al banquero Jorge Brito y al empresario de medios Daniel Hadad como figuras emergentes. Más allá de los nombres, lo que realmente importa es el movimiento: la intención es que de ese espacio surja un candidato con perfil filo peronista pero de tinte más conservador, que pueda competir en la interna del justicialismo. Monzó insiste en que su objetivo es abrir una discusión amplia dentro del partido, mientras en simultáneo se observa la reaparición paulatina de Sergio Massa y el encuentro que Axel Kicillof y Máximo Kirchner mantuvieron en el Hotel Emperador con gobernadores y parlamentarios. Todos estos actores son diferentes, pero el barco se mueve, y en el empresariado ya se interpreta ese movimiento como el preludio de una tormenta.

La propia ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, admitió en una reunión con altos ejecutivos que decidió bajar su supuesta precandidatura presidencial ante la adversidad del clima político para el oficialismo, y que solo tiene una chance que no está dispuesta a desperdiciar. Sus palabras no hicieron más que confirmar lo que muchos ya sospechaban: el Gobierno no termina de interpretar que el establishment ya se encuentra inmerso en un proceso de selección de alternativas. De aquí en más, el oficialismo será exprimido para obtener concesiones estatales, y luego vendrá la renovación. Como Milei parece no conocer la política ni la historia, se le complica contemplar la jurisprudencia electoral: en 2013, Massa fue la herramienta para debilitar al kirchnerismo; en 2018, en la mítica mesa de la parrilla Roldán, Marcelo Tinelli, Daniel Vila y Claudio Belocopitt intentaron impulsar a Roberto Lavagna, luego a Juan Schiaretti y Juan Manuel Urtubey, y finalmente anidaron en Alberto Fernández como el aliado moderado para vencer a Macri. El escenario actual parece decantar en un proceso similar.

En ese contexto, resulta irrelevante si Brito es demasiado joven o si Hadad prefiere esperar un turno posterior. Lo sustancial es el ruido, la aparición, la ebullición que indica que el poder económico ya no espera. Según confiaron fuentes cercanas a ambos a este diario, Hadad desea bendecir al dueño del Banco Macro, considerado el más cercano a la vía peronista, y ambos fueron sondeados por Mauricio Macri, a quien respondieron con un rotundo «no». Macri, pese a los abandonos circunstanciales, se muestra empoderado con un poder que parece diluirse, pero su influencia sigue siendo un factor a considerar. Su exministro de Economía, Hernán Lacunza, ya se lanzó como candidato a Presidente para 2027 y ha mantenido conversaciones con algunos empresarios, aunque sin demasiado entusiasmo por parte de estos. Su salida, sin embargo, alcanzó para que Milei convocara a Macri a dialogar, lo que evidencia que el herido de gravedad es el propio Gobierno, no solo por la política sino, sobre todo, por su plan económico.

La consultora 1816, cuyos informes circulan habitualmente por los despachos del Ministerio de Hacienda, comunicó que el rendimiento de los títulos públicos se está viendo afectado por encuestas negativas para Milei y por la percepción de que la economía no logra despegar. La firma, integrada por exgerentes del Banco Mariva, argumenta que el desempeño relativo de los bonos soberanos en dólares y de las acciones, con el Merval tocando mínimos en divisa estadounidense desde mediados de mayo, podría explicarse por las últimas mediciones de opinión pública. Tanto el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG) que elabora Poliarquía para la Universidad Di Tella como la encuesta de AtlasIntel publicada por Bloomberg sugieren que la aprobación de Milei ha vuelto a tocar mínimos históricos, o casi, de su gestión. Los datos económicos tampoco ayudan a mejorar las expectativas de los inversores, ya que consolidan la imagen de una economía heterogénea, con sectores como la energía y la minería en alza, mientras que los rubros más tradicionales e intensivos en mano de obra no logran recuperarse.

Esta semana se conocieron balances muy negativos de empresas alimenticias de renombre, como Molinos y Havanna, lo que confirma que el consumo se encuentra en un callejón sin salida. Antes de la llegada de Milei al poder, la mitad de los productos que se vendían en los hipermercados tenían algún tipo de promoción; hoy, ese porcentaje se ha elevado al 85%. Es paradójico, pero en la economía más abierta del mundo, según la proclama libertaria, no solo hay balances rojos, ventas caídas y empresas cerradas, sino que se ha instalado una suerte de «Precios Cuidados» de facto, una suerte de juegos del hambre para intentar revertir ventas demolidas. Mientras tanto, los comercios importan cualquier cosa para compensar pérdidas: a los fideos búlgaros se suman panes lactales alemanes y budines de a una porción, productos que, aun siendo más baratos, la gente no elige, pero que sirven para financiar el resto de las promociones en productos de mayor rotación. El supermercado y las cosas bizarras que allí ocurren son, en definitiva, la mejor radiografía de un modelo de confusión económica que amenaza con llevar al oficialismo a un punto de no retorno.

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