Tras tres caídas en fila y la humillación sufrida en Rosario, Independiente demostró carácter en el Fortín Granate. Con un planteo táctico renovado, mayor contundencia y una dosis de fortuna, el conjunto de Avellaneda se impuso por 3-1, escaló al tercer puesto del grupo A y dejó atrás los fantasmas defensivos, justo antes del debut oficial del brasileño Jadson Viera en el banquillo.
La noche en el sur del conurbano tuvo un sabor agridulce para el local, pero resultó un bálsamo reparador para el visitante. En un escenario donde la presión era máxima y el rumbo parecía desdibujado, Independiente logró lo que parecía una utopía hace apenas siete días: reencontrarse con la victoria. Y no fue cualquier triunfo. Fue ante Lanús, de visitante, con un juego que, si bien no fue perfecto, mostró arrestos, corrección táctica y, sobre todo, una efectividad letal que había sido un espejismo en las últimas jornadas. El 3-1 final no solo quebró una racha de tres descalabros consecutivos, sino que también sirvió como un punto de inflexión emocional, borrando en parte la hecatombe sufrida ante Atlético Tucumán y preparando el terreno para la inminente gestión del estratega carioca.
El conjunto dirigido interinamente por Carlos Matheu y Eduardo Tuzzio, encargados de pilotar la transición mientras Viera observaba desde un palco privilegiado, entendió que era urgente modificar el libreto. Y así lo hicieron. La derrota en Rosario había dejado al descubierto fragilidades estructurales que esta vez fueron subsanadas con decisiones audaces. La más resonante fue el retorno del arquero Rodrigo Rey al once titular, relegando al uruguayo Santiago Mele al banco de suplentes, un movimiento que buscaba recuperar la seguridad bajo los tres palos. Pero las variantes no se detuvieron allí. El dibujo táctico mutó del habitual 4-2-3-1 a un más ofensivo 4-3-3, con Lautaro Millán como el tercer hombre en el centro del campo, otorgando mayor equilibrio y llegada, mientras que Santiago Montiel y el juvenil Josías Palais se desplegaban como extremos, aportando amplitud y desborde por las bandas. Esta nueva configuración no implicó un dominio aplastante en la etapa inicial, pero sí una solidez defensiva que había sido un bien escaso en presentaciones anteriores.
El primer tiempo fue un duelo de golpes, un ajedrez de aproximaciones donde la fortuna se alió con el visitante. Independiente rara vez logró imponer su juego durante los primeros cuarenta y cinco minutos, pero cuando tuvo una ocasión para lastimar, no la desperdició. La jugada del primer tanto, a los 36 minutos, fue un compendio de insistencia y definición. Montiel, en una acción de ida y vuelta por el sector derecho, desbordó en dos oportunidades consecutivas. En el primer intento, el disparo de Pérez Curci se estrelló en el travesaño, un aviso que presagiaba lo que vendría. En la segunda, Millán, apareciendo desde la segunda línea, conectó un remate que, con la misma violencia y colocación, se alojó junto al larguero para abrir el marcador. Fue un golpe de autoridad que, sin embargo, no reflejaba la tónica del partido, porque Lanús, más vertical y directo por los costados con la velocidad de Salvio y la picardía de Aquino, había sacudido dos veces el mismo horizontal. A los 23 minutos, Rey tuvo que estirarse a fondo para desviar un potente disparo de Carrera, enviándolo al palo, y diez minutos más tarde, un derechazo soberbio de Aquino, en un rebote, volvió a hacer temblar el larguero rojo. La suerte, caprichosa, se ponía del lado del visitante.
La reanudación del juego prometía emociones, y no defraudó. El segundo tiempo comenzó con una dosis de vértigo que descolocó a propios y extraños. Apenas transcurridos cuarenta y cinco segundos, una distracción mayúscula del arquero local Nahuel Losada, quien dejó corto un pase en el área hacia Peña Biafore, fue capitalizada con frialdad por Millán. El volante, atento al error, no perdonó y estableció el 2 a 0, un golpe que parecía sentenciar el pleito. Pero Lanús, lejos de rendirse, mostró el orgullo del equipo grande. A los cuatro minutos, un enredo entre Arias y Lomonaco en el círculo central dio pie a una contra letal. Carrera, con lucidez, habilitó al paraguayo Wlk, quien con un zurdazo cruzado y ajustado al segundo palo, recortó distancias y puso el 2 a 1, encendiendo la alarma en el conjunto de Avellaneda.
A partir de ese instante, el partido entró en una fase de incertidumbre. Independiente sintió el mazazo, perdió la posesión del esférico y se replegó, cediendo el protagonismo a un Lanús que volcó todos sus efectivos al ataque sin dilaciones. El asedio granate era incesante, y el Rojo parecía tambalear. Sin embargo, la astucia en los cambios resultó decisiva. Los ingresos de David Martínez y Maxi Meza, en sustitución de Pérez Curci y el propio Millán, reconfiguraron la estructura del mediocampo visitante, aportando músculo, recuperación y salida limpia. A los veinte minutos del complemento, esa modificación permitió quebrar el cerco local y recuperar el control del ritmo del encuentro. En contraste, las variantes dispuestas por Maximiliano Pellegrino, técnico de Lanús, no surtieron el efecto deseado; los relevos de Valoys, Sepúlveda y Besozzi por Wlk, Salvio y Peña Biafore restaron peso ofensivo y dinámica a un equipo que, con el correr de los minutos, fue diluyendo su ímpetu inicial.
El desenlace llegó en el tiempo de descuento, cuando el partido parecía inclinarse hacia un final ajustado. El ingreso del chileno Gutiérrez y del uruguayo Abaldo por Palais y Montiel renovó las fuerzas del ataque rojo. En una combinación rápida y efectiva, estos dos junto a Meza tejieron la jugada del tercer tanto, ejecutado por Gutiérrez en el tercer minuto de los seis adicionales. Fue el golpe definitivo, la estocada que selló un triunfo trabajado y que dejó una imagen mucho más esperanzadora que la de semanas anteriores.
Más allá del resultado, lo valioso para Independiente fue la capacidad de reacción, la corrección de los despropósitos defensivos que habían costado la paliza en Rosario y la muestra de una intensidad y aplicación que habían estado ausentes. El triunfo, además, tiene un valor simbólico enorme: permite afrontar el inicio del ciclo de Jadson Viera con el viento a favor, con tres puntos que lo posicionan tercero en el grupo A, con nueve unidades, y con la certeza de que, aunque lo peor parece haber quedado atrás, lo mejor quizás esté por llegar. El Rojo, una vez más, demostró que en sus momentos más oscuros, encuentra la luz en la adversidad.
