Lula da Silva consolida su regreso al poder en Brasil tras una campaña histórica y una victoria que reconfigura el mapa político regional

Lula da Silva consolida su regreso al poder en Brasil tras una campaña histórica y una victoria que reconfigura el mapa político regional

El líder sindical se impone en unos comicios que movilizaron a millones de jóvenes y que, más allá del resultado ajustado, representan un golpe contundente para la extrema derecha brasileña y continental, al tiempo que abren una expectativa sobre el futuro político de Argentina.

La contienda electoral brasileña culminó con un desenlace que trasciende el simple recambio de autoridades. Tras una extensa travesía proselitista, colmada de marchas y contramarchas, y de un sinfín de sondeos de opinión que anticiparon un escenario de paridad extrema, el proceso concluyó como una auténtica celebración cívica de masas. Luiz Inácio Lula da Silva recorrió la geografía de Brasil de extremo a extremo, protagonizando decenas de encuentros públicos en los que privilegió el vínculo cara a cara con la ciudadanía, sin por ello subestimar la batalla comunicacional en los entornos digitales. Con este triunfo, el dirigente sindical se apresta a convertirse en el mandatario democrático con mayor permanencia en el ejercicio del poder en la historia republicana de su país, sin haber claudicado jamás a su identidad de representante de los trabajadores.

El resultado constituye una victoria de enorme magnitud para las fuerzas progresistas y, en contrapartida, un revés severo para la ultraderecha. Si bien la sociedad brasileña emerge fracturada en dos mitades de dimensiones casi equivalentes, solo el líder del Partido de los Trabajadores parece reunir la capacidad de volver a coser el tejido nacional. Su convicción radica en que la respuesta a las demandas populares no reside en la ortodoxia del ajuste fiscal, sino en la ampliación efectiva de los derechos sociales para el conjunto de la población.

Lula emerge de esta contienda fortalecido y con una estatura política acrecentada. Se consolida como el principal referente político de la historia brasileña y, simultáneamente, como una figura de peso indiscutido en el concierto latinoamericano y global. La derrota no solo alcanza a la derecha brasileña: también pierden Donald Trump y el bloque emergente de la extrema derecha regional, en el que se inscribe explícitamente Javier Milei.

El interrogante que sobrevuela el análisis político es qué ocurrió en apenas tres semanas para modificar de manera tan profunda la decisión del electorado. La respuesta se encuentra en la irrupción masiva de millones de jóvenes que hasta hacía poco observaban la política con desdén. Al tomar conciencia de que lo que estaba en juego no era una disputa circunstancial entre partidos, sino la propia supervivencia del sistema democrático como condición de su existencia como jóvenes libres, decidieron involucrarse y desplegar sus propias formas de hacer política. Así nacieron las movilizaciones populares más multitudinarias que el país haya conocido.

No resulta exagerado afirmar que el mundo entero seguía con atención lo que ocurría en Brasil. La relevancia internacional adquirida durante la presidencia de Lula explica en parte ese interés, pero también pesó la apuesta de la extrema derecha por imponerse en territorio brasileño y derrotar a quien se ha erigido como el principal dirigente de la izquierda continental.

El país que Lula deberá conducir llega dividido, y gobernarlo no será sencillo, máxime cuando la fractura separa posiciones radicalmente antagónicas y contradictorias. Sin embargo, si existe alguien capaz de ejercer un gobierno para todos y de reunificar la nación, esa persona es Lula, con un programa orientado a satisfacer las necesidades del conjunto de la sociedad.

En definitiva, no solo venció Lula: también perdió el hijo de Bolsonaro. La izquierda se alzó con el triunfo y la derecha, en su expresión más radical, sufrió una derrota contundente.

A partir de ahora, todas las miradas se dirigen hacia Argentina y hacia los comicios que se celebrarán en el plazo de un año, cuando el país tenga la posibilidad de poner fin al gobierno neoliberal de Javier Milei y elegir a un presidente que restablezca la alianza estratégica con Brasil, forjada desde 2003 y sellada con el abrazo fraternal entre Lula y Néstor Kirchner.

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