Vito Contessi, dueño de un histórico astillero, votó a Javier Milei con la esperanza de reactivar su industria. Un año después, su nave más moderna permanece inactiva y alquilada para una muestra cultural. Mientras defiende la reforma laboral y mantiene su apoyo al Gobierno, su empresa se ha convertido en un símbolo de las contradicciones de un modelo que prometía liberar la producción y terminó ahogándola.
En el corazón productivo del Astillero Contessi reina hoy un silencio poco habitual. La nave industrial más moderna de la firma, inaugurada con bombos y platillos a principios de este año para potenciar la construcción de buques pesqueros, yace inmóvil desde el mes de septiembre. El eco de las herramientas y el trajín de los obreros han sido reemplazados por los efectos de sonido y las proyecciones lumínicas de “Puertas a Mundos”, una exposición inmersiva que ocupa el espacio. Ante la ausencia total de encargos, la empresa optó por alquilar temporalmente sus instalaciones a una productora cultural, en un intento desesperado por generar algún ingreso y evitar un cierre más drástico.
Este presente contrasta de manera flagrante con las expectativas públicas expresadas por el propio Vito Contessi a fines del año pasado. En vísperas del cambio de gobierno, el industrial alertaba sobre la “encrucijada” que vivía el país y reclamaba previsibilidad para un sector naval al borde del colapso. Su advertencia resonó con crudeza: “A la Argentina la salvamos o la terminamos de hundir todos”. Poco después, en un gesto cargado de esperanza, Contessi difundió un video en sus redes sociales mostrando su voto a Javier Milei, depositando en el nuevo rumbo económico la confianza para un resurgir industrial.
Sin embargo, las advertencias que él mismo formulara comenzaron a cumplirse de la peor manera. Tras la asunción del nuevo gobierno, las políticas de apertura importadora y el freno a las regulaciones sectoriales golpearon con dureza a la actividad. De tener tres buques en construcción simultánea, el astillero pasó a no contar con ninguno. La nave que simbolizaba su expansión, una costosa inversión destinada a ampliar la capacidad productiva, nunca llegó a operar a pleno y hoy funciona como un mudo testimonio de la parálisis.
La crisis se extiende más allá de sus muelles. En recientes declaraciones, Contessi relató cómo empresas pesqueras argentinas trasladan sus procesos a Paraguay para abaratar costos, aprovechando marcos laborales más flexibles y menores cargas impositivas. Paradójicamente, desde su propia trinchera de empresario afectado, se ha sumado a la narrativa oficial que señala a los convenios laborales y los impuestos locales como los principales obstáculos para la competitividad. Mientras su astillero se detiene, aboga por la reforma laboral que impulsa el Gobierno, al que sigue respaldando a pesar de las consecuencias directas sobre su compañía.
Esta posición revela las profundas contradicciones que atraviesan a un segmento del empresariado que celebró el discurso de la libertad económica. Contessi votó por un modelo que prometía desregular y liberar fuerzas productivas, pero se topó con una realidad donde la falta de protección sectorial y una apertura asimétrica dejaron a su industria a la intemperie. Criticó ser tratado como “la casta” cuando se reformaba la Ley de Pesca, pero mantiene una lealtad política inquebrantable hacia la administración que paralizó su proyecto más importante.
Hoy, el símbolo más elocuente de esta paradoja se puede visitar con una entrada. Donde debería haber acero, soldaduras y cascos en construcción, ahora hay luces, pantallas y visitantes que atraviesan “puertas a mundos” virtuales. El astillero que soñaba con surcar los mares se ha reconvertido, forzadamente, en un salón de espectáculos.
En declaraciones recientes, Contessi aún proyecta un optimismo cauteloso hacia el próximo año, confiando en una mejora macroeconómica. No obstante, su propia experiencia material parece contradecirlo. Su frase de enero de 2024, “Los empresarios y trabajadores de la pesca no somos la casta”, adquiere ahora una resonancia amarga. El tiempo ha demostrado que, en el nuevo modelo, su sector tampoco parece ser la prioridad. La nave vacía del Astillero Contessi es, más que un local alquilado, el monumento involuntario a una apuesta que terminó sacrificando, en el altar de la teoría, la concreta realidad de la fábrica.
