Un vuelo, una tumba y un escándalo que sacude los cimientos de la Casa Rosada

Un vuelo, una tumba y un escándalo que sacude los cimientos de la Casa Rosada

El jefe de Gabinete asegura que Angeletti viajó por invitación presidencial mientras las causas judiciales avanzan y los números no cierran en medio de sospechas de una operación interna

Lo que parecía una anécdota pintoresca, la foto de Manuel Adorni junto a Bettina Angeletti frente a la tumba del rebe Lubavitch en Nueva York, se transformó en un vendaval político que amenaza con derribar las paredes de la Casa Rosada. El viaje del ahora jefe de Gabinete a Estados Unidos, lejos de ser una gestión diplomática más, destapó una caja de Pandora donde conviven el uso discrecional de los recursos del Estado, gastos suntuarios en Punta deleste que resultan inexplicables para los ingresos declarados de la pareja y designaciones sospechosas en los medios públicos.

El oficialismo intenta contener un incendio que crece por horas. Desde el balcón presidencial, Javier Milei envió un escueto pero elocuente mensaje de respaldo a su funcionario: «Ánimo». La secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, fue más allá con un «apoyo total e incondicional». Sin embargo, las muestras de lealtad no logran tapar las fisuras que el escándalo ha abierto en el Gobierno, donde las versiones sobre una operación de desgaste interno ganan fuerza mientras los números de los gastos oficiales no terminan de cuadrar.

Las explicaciones ofrecidas por Adorni hasta el momento resultaron tan endebles como contradictorias. En un primer intento por descomprimir la situación, el funcionario apeló a un recurso emocional que rápidamente se volvió en su contra: aseguró que estaba «deslomándose» en la quinta Avenida, una expresión que desató una ola de críticas por considerarla insensible frente a la realidad de millones de argentinos. Luego intentó redirigir el foco hacia la oposición, aunque todas las pistas conducen a disputas internas en el propio oficialismo. Finalmente, en una entrevista concedida a Forbes, calibró el discurso con una revelación de consecuencias impredecibles: Bettina Angeletti viajó en la comitiva oficial por expresa invitación del Presidente de la Nación.

Esta afirmación coloca a Milei en una posición judicialmente comprometida. El decreto 712, firmado por el propio mandatario en 2024, establece de manera taxativa que las aeronaves del Estado no pueden ser utilizadas para trasladar familiares de funcionarios públicos. La pregunta que resuena en los tribunales es inquietante: ¿en calidad de qué abordó Angeletti el avión presidencial? Inicialmente, Adorni había justificado la presencia de su esposa con un argumento sentimental: «Es mi compañera de vida y quería que me acompañe». En aquella primera versión, deslizó que contaba con la autorización de «Presidencia», un término lo suficientemente ambiguo como para no individualizar responsabilidades. Pero ayer, en un giro que busca blindar a Karina Milei, el jefe de Gabinete fue preciso al señalar que la invitación provenía directamente de Javier Milei.

«Cometí una equivocación», admitió el funcionario durante el fin de semana, aunque su mea culpa no abordó la utilización de recursos públicos en favor de su círculo íntimo sino que se limitó a reconocer un exabrupto verbal. «Dije una frase absolutamente desafortunada que generó rechazo. Estuvo mal», se excusó, como si el problema se redujera a una cuestión semántica. Pero el núcleo del escándalo trasciende cualquier desliz retórico: los expedientes judiciales ya comenzaron a moverse y la justicia busca determinar si hubo malversación de fondos o incumplimiento de los deberes de funcionario público.

En los tribunales federales ya se multiplican las presentaciones y el hermetismo es total respecto de la lista de pasajeros que viajaron en el avión presidencial. La Cámara Federal comenzó a evaluar las primeras actuaciones mientras la oposición reclama que se hagan públicos todos los detalles del periplo neoyorquino. El silencio del Gobierno sobre este punto específico alimenta las sospechas de que podrían existir más nombres propios que agregarían complejidad a una trama que ya de por sí resulta enredada.

Mientras tanto, en las oficinas de la Casa Rosada crece la inquietud. No solo por el avance de las investigaciones judiciales, sino por la certeza de que tras las filtraciones y los movimientos en los tribunales podría esconderse una operación de inteligencia interna. El temor a que el escándalo siga escalando se instala entre los colaboradores presidenciales, que observan con estupor cómo una imagen junto a una tumba en Nueva York terminó convirtiéndose en el eje de la agenda política nacional y en un dolor de cabeza institucional para un gobierno que prometió transparencia y austeridad.

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