La desintegración del relato oficial encuentra su máxima expresión en la figura del vocero presidencial, cuya virtual pérdida de relevancia anticipa el colapso de una gestión que sumió a la economía argentina en una espiral destructiva, mientras el Presidente despotrica contra la inflación y los empresarios intentan en vano sostener lo insostenible
En el vértigo de la Casa Rosada, todas las miradas confluyen hacia Manuel Adorni como si se tratara de un caminante sin destino, una suerte de aparecido que transita los pasillos del poder con la pesadumbre de quien ya no pertenece a este mundo. La caída virtual del vocero presidencial y flamante jefe de Gabinete se ha configurado como el preámbulo inevitable de otro fin de etapa, un anticipo funesto de lo que se avecina en un gobierno que transformó en un verdadero calvario la vida económica de los argentinos. En el terreno microscópico de la cotidianeidad, el desastre es palpable y desolador; en el plano macroscópico de las variables financieras, ningún número cierra, ninguna ecuación se equilibra, ninguna promesa encuentra anclaje en la realidad.
El propio mandatario reconoció implícitamente su derrota cuando, en un exabrupto dirigido a la Cámara Argentino Norteamericana (ANCHAM), se ensañó contra el índice de precios al consumidor con una virulencia que delataba más impotencia que convicción. Aquel espectáculo de furia verbal provocó que en cada interlocutor presente renaciera la imagen del riesgo que acecha a la cabeza del ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, cuya continuidad en el cargo se tambalea al compás de los indicadores que no cesan de empeorar. El descontrol discursivo del Presidente no hizo más que confirmar lo que todos susurran en los corredores del poder: el experimento económico está agotado y sus artífices buscan desesperadamente responsables para evitar cargar con el peso del fracaso.
Las cámaras que agrupan a los grandes capitales transitan un estado de desolación que no logran disimular. Aquel sector que durante meses actuó como el principal vocero de los intereses concentrados ha debido admitir, aunque sea entre murmullos, que las ideas que apuntaban a la dependencia estructural, al desmantelamiento del Estado y al empobrecimiento sistemático de las mayorías no solo resultan inútiles sino profundamente dañinas. “Estamos de acuerdo con el rumbo adoptado —afirman en sus reuniones privadas—, pero no con las formas”. Esta declaración, que pretende salvar los principios del modelo, es en realidad una confesión de doble bancarrota, porque el camino al que aluden con tanto énfasis es exactamente el mismo que ya fracasó estrepitosamente durante la gestión de Mauricio Macri. La derecha argentina ha consumido todas sus municiones con dos intentos fallidos consecutivos, y ahora se encuentra ante un páramo intelectual donde ni la Fundación Mediterránea ni el CEMA ni los otros laboratorios de ideas que alimentaron el pensamiento neoliberal pueden aportar alguna novedad valiosa. Lo que ofrecen son recetas añejas que jamás dieron resultado, fórmulas gastadas que solo sirvieron para concentrar riqueza en pocas manos mientras la mayoría se hundía.
Con una esperanza que roza lo patético, estos sectores dirigen su mirada hacia una opción menos estridente, algún liderazgo que se acerque a esa supuesta seriedad que algunos creyeron encontrar en el macrismo. Una seriedad tan poco científica, y por consiguiente tan poco seria, que en apenas doce meses logró quebrar todos los récords de endeudamiento conocidos, acumulando más de cien mil millones de dólares en obligaciones impagables. En un solo año agotó su capacidad de tomar crédito con prestamistas privados y se vio forzado a recurrir a un préstamo monstruoso de otros cincuenta mil millones de dólares con el Fondo Monetario Internacional, una deuda que a partir de ese momento hipotecó no solo a los dos gobiernos que le sucedieron sino a varios de los que vendrán en el futuro. No es posible detectar seriedad alguna en una macroeconomía que cometió semejante despropósito.
Cuando el macrismo abandonó el poder, no dejó tras de sí caminos pavimentados, ni puentes que conectaran pueblos, ni hospitales flamantes, ni escuelas renovadas. Lo único que legó fue una montaña de deuda que hizo padecer a millones de argentinos, que condicionó sus empleos, sus remuneraciones, sus trayectorias educativas, su porvenir entero. A ese desastre financiero le dieron el pomposo nombre de “riesgo kuka” cuando en realidad se trata del “riesgo de la deuda”. Es cierto que los prestamistas internacionales perciben en el aire el olor del fracaso de Milei y la eventual emergencia de un gobierno de cuño popular, pero eso no es más que una corazonada, un presentimiento que aún no se ha materializado. Lo que estos acreedores visualizan como una realidad concreta e inapelable es un país endeudado hasta las cejas, sumergido en un atolladero financiero del que no vislumbra salida. El verdadero peligro para los negocios es el que Macri y Milei generaron con sus políticas irresponsables. La denominación “riesgo kuka” pertenece al terreno de la fantasía, un artificio retórico para enroscarle la víbora a la ciudadanía crédula. En el mejor de los casos, constituye un argumento de sobremesa en alguna cena de recaudación de fondos. Pero el dato de riesgo auténtico, el que debería preocupar a todos, es la deuda impagable que ahoga al país.
Los sindicatos empresariales y las grandes corporaciones se jugaron todas sus fichas por este proyecto, le redactaron las leyes laborales que contrajeron la actividad económica, insistieron con fervor en una apertura aduanera que aniquiló cualquier posibilidad de competencia local, abogaron por una reducción impositiva que hizo desplomar la recaudación y con ella el nivel educativo y la paralización de la infraestructura pública. A pesar de disponer de sus propios centros de investigación, de contar con cuadros técnicos adornados con títulos académicos obtenidos en el exterior y toda la parafernalia del conocimiento supuestamente avanzado, ese sector del capital concentrado se reveló como portador de la voracidad suicida propia de un capitalismo primitivo, carente de previsibilidad y de visión de futuro, arrastrado únicamente por una lógica de especulación cortoplacista y huérfano de un genuino proyecto productivo que mirara más allá del próximo balance trimestral.
Todavía intentan defender lo que resulta indefendible. No es solamente Milei quien ha perdido toda credibilidad, porque los principales responsables de este desaguisado han sido esos mercachifles que lo impulsaron y promovieron. Ese discurso que envió a los jubilados a arrojarse bajo las vías del tren, que abandonó a su suerte a las personas con discapacidad y a los sectores más humildes, que hundió en el abismo a la educación, a la ciencia y a la salud pública en nombre de una mezquina contabilidad de almacenero que ha quebrado al país entero por su absoluta inconsistencia, pretendió convertir a los argentinos a su propia imagen y semejanza. Porque además de ignorante, hay que poseer una maldad intrínseca para despotricar contra cualquier forma institucional que se funde en la solidaridad. Institucional significa, ni más ni menos, del Estado. Los argentinos son solidarios por naturaleza, y un Estado solidario es el que mejor los representa, no ese pensamiento burdo inducido por los mercachifles, esa forma de razonar propia de quien juega al polo y busca empleo en bicicleta.
El tres coma cuatro por ciento de inflación recientemente anunciado ha funcionado en el imaginario colectivo de la misma manera que operaba el tres por ciento de las coimas. Constituye el epílogo de una etapa, el punto final de un discurso. Ya no se hablará más del neoliberalismo redentor sino del neoliberalismo salvaje, desatado, sin frenos ni contemplaciones. Esa es la percepción que circula en la calle y lo que reflejan sin ambages las encuestas de opinión. En un plazo brevísimo, Milei deberá sacrificar la cabeza de Adorni, y después, o quizás antes, tendrá que hacer lo propio con Caputo, quien se ha quedado completamente desprovisto de recursos para sostener una política económica que se desmorona por todos sus costados.
Mientras los tribunales argentinos frenaban la reforma laboral y exigían el pago de la deuda a las universidades, Milei emprendía viaje para participar en la conmemoración de la creación del Estado de Israel. Será el único mandatario del planeta que acompañe al genocida Benjamín Netanyahu en semejante ceremonia. En 2025, Milei no concurrió al acto central en Tucumán para celebrar la independencia del país que preside, excusándose en las malas condiciones climáticas. Pero no dudó en trasladarse a festejar la independencia de Israel en medio de una guerra cruenta. Esas son las prioridades de este singular personaje, esa la escala de valores que orienta sus decisiones.
El escenario internacional se presenta volátil y convulsionado. Israel detuvo temporalmente su invasión al Líbano, y con esa pausa se reabrió el estrecho de Ormuz. Los buques que transportan millones de barriles de petróleo con destino a China, Japón, Corea y las naciones occidentales podrán finalmente arribar a sus puertos. La mayoría de esas embarcaciones permaneció varada desde principios de marzo, y recién ahora están llegando a destino aquellas que lograron pasar al comienzo del cierre. Los precios del crudo suben y bajan en una montaña rusa, y todos saben que la tregua es precaria, que puede romperse en cualquier instante. Por supuesto, en Argentina los precios de las naftas no se redujeron ni un ápice, y tampoco lo hicieron las tarifas del transporte público.
La soledad de Netanyahu y las sombrías perspectivas electorales de Donald Trump comienzan a evidenciar las grietas de ese proyecto hegemónico que sostiene Estados Unidos y al cual Milei se subordinó con una sumisión casi vergonzante. En Europa, los gobiernos que fueron humillados por la Casa Blanca han iniciado un proceso de distanciamiento prudente pero sostenido. Como parte de este realineamiento global, se reconfiguran los horizontes de alianzas políticas y comerciales. El presidente español, Pedro Sánchez, se negó a colaborar con los bombardeos estadounidenses sobre Irán, acaba de regresar de una visita oficial a China y ha estrechado vínculos con Turquía. En ese marco, convocó a una reunión de fuerzas políticas que resisten el proyecto hegemónico agresivo impulsado por Trump.
Entre los asistentes a esta cumbre se destaca una participación relevante de figuras latinoamericanas, incluyendo a los presidentes de Brasil, Uruguay, Colombia y México, además de otros mandatarios de África y Europa. Desde Argentina viajó con una agenda extraordinariamente nutrida el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, junto a los legisladores de Unión por la Patria Wado De Pedro, Nicolás Trotta, Eduardo Valdés, Jorge Taiana, Lorena Pokoik, Lucía Cámpora y Roxana Monzón. Se espera la presencia de representantes de alrededor de un centenar de fuerzas políticas provenientes de todo el mundo, inclusive de los propios Estados Unidos.
La convocatoria recibió el nombre de Global Progressive Mobilisation, una denominación deliberadamente amplia que pretende abarcar un espectro variado de sensibilidades. Más allá de sus alcances concretos, esta iniciativa da cuenta de la búsqueda de nuevos enfoques y posicionamientos estratégicos a partir de la evidente decadencia de la hegemonía estadounidense, la irrupción arrolladora de China como potencia global y los múltiples focos de guerra y violencia que ensangrentan al planeta. La contracara de este movimiento la constituyen Milei y Netanyahu, aislados en Israel, los dos mandatarios más comprometidos con Trump en un momento en que el trumpismo comienza a mostrar signos inequívocos de agotamiento. El destino de la Argentina, entretanto, sigue su curso incierto, a la espera de que la dirigencia política extraiga las lecciones de este nuevo fracaso y reconstruya sobre bases más sólidas y solidarias el porvenir común.
