Milei, en la cumbre de ultraderecha «Vientos de Cambio», equiparó la derrota electoral con un «suicidio social» y arremetió contra periodistas y opositores

Milei, en la cumbre de ultraderecha «Vientos de Cambio», equiparó la derrota electoral con un «suicidio social» y arremetió contra periodistas y opositores

El Presidente encabezó el cierre del encuentro organizado por fundaciones liberales estadounidenses en el hotel Sheraton, ante un auditorio semivacío. Con tono electoral y preocupado por los sondeos, defendió el ajuste, confrontó con la prensa, a la que tildó de «basura» y «delincuente», y volvió a cargar contra el kirchnerismo, Macri y referentes empresariales, en medio de un clima de tensión diplomática con Brasil.

En una sala del hotel Sheraton iluminada apenas por la penumbra de los reflectores, el presidente Javier Milei pronunció un discurso que, por momentos, pareció más propio de un cierre de campaña que de una cumbre de pensamiento político. “Si nosotros no ganamos, es porque como sociedad estamos decidiendo suicidarnos”, sentenció el mandatario, desatando una ovación cerrada entre los asistentes, un grupo reducido pero entusiasta compuesto por empresarios, dirigentes de su espacio político y académicos afines al liberalismo clásico. Todos ellos participaron de las dos jornadas del encuentro denominado “Vientos de Cambio”, un evento que reunió a referentes de la extrema derecha regional y que contó con el auspicio de los think tanks estadounidenses Reason Foundation y Archbridge Institute, junto con la fundación local Libertad y Progreso, liderada por Agustín Etchebarne.

El discurso presidencial transitó por un carril de franca preocupación electoral, a pesar de que los comicios nacionales recién tendrán lugar el año próximo. Milei admitió, con un tono que oscilaba entre la confesión y el cinismo, que “si no mostramos resultados, se hace difícil acompañar”, pero rápidamente enderezó el rumbo para reivindicar el sacrificio que, a su juicio, los argentinos deben afrontar en pos de la ansiada “libertad”. “Estamos llevando adelante un milagro, que es el resurgimiento de la Argentina”, bramó desde el atril, y acto seguido se quejó con amargura: “Si fuese peronista, hoy el 50 por ciento de las calles ya llevarían mi nombre”. La frase, pronunciada entre gestos de exasperación, provocó risas y aplausos cómplices entre los presentes.

Lejos de mostrar alguna intención de moderar sus políticas ante las crecientes críticas por el ajuste y la recesión, el Jefe de Estado fue taxativo: no piensa modificar su rumbo fiscal ni monetario para atender a quienes considera víctimas de un modelo que, según sus propias palabras, “tiene incertidumbre y riesgos”. “Al populismo no se le gana con populismo”, enfatizó, en una clara defensa de su terapia de shock económica. En ese mismo tramo, resumió su propuesta como una disyuntiva excluyente: “Ustedes pueden elegir entre el modelo del fracaso, con toda una pátina de sentimentalismo, o a una persona que habla como puede, que se come las eses, que usa lenguaje poco ortodoxo, pero tiene un montón de resultados”. Y cerró esa idea con una declaración de fe en el veredicto de las urnas: “Confío en los argentinos y creo que vamos a ganar”.

El evento, que había generado expectativas por la posible participación del magnate tecnológico Peter Thiel y de la dirigente venezolana antichavista María Corina Machado, finalmente no contó con ninguno de los dos. Ambos cancelaron su asistencia en el último momento, pese a que desde la organización se los había anunciado como platos fuertes. En contrapartida, sí estuvieron presentes varios funcionarios del gabinete libertario, entre ellos el ministro de Economía, Luis Caputo; el de Desregulación, Federico Sturzenegger; el canciller Pablo Quirno; y diputados como Santiago Santurio. También se dejó ver por los pasillos a la excanciller Diana Mondino, aunque la ausencia más resonante fue la de Karina Milei, hermana del Presidente y secretaria general de la Presidencia, quien decidió no concurrir.

Al ingreso del hotel, el canciller Quirno aprovechó la presencia de la prensa para referirse a la cadena nacional que Milei encabezaría al día siguiente por el tema Malvinas. Sostuvo que “siempre hay chance” de recuperar el territorio insular y afirmó que la Argentina continuará trabajando en ese objetivo a través de la vía diplomática, en un contexto de creciente tensión con el Reino Unido.

El tono del discurso presidencial fue creciendo en intensidad a medida que avanzaban los minutos. Comenzó con una exposición pausada, casi didáctica, en la que se autoelogió por los resultados económicos y celebró el giro hacia gobiernos de derecha en la región. “Cuando uno mira cómo ha mutado el color del mapa, se llena de esperanzas”, afirmó, y en medio del conflicto diplomático con Brasil, lanzó un dardo sobre las elecciones que se aproximan en ese país: “si siguen evolucionando positivamente las cosas para la región, probablemente en octubre sumemos un país que ocupa mucho espacio en el continente”. La frase, interpretada como un guiño a la posible victoria de Jair Bolsonaro, generó murmullos de aprobación entre los asistentes.

No obstante, la calma inicial se disipó con rapidez. Tal como es habitual en sus intervenciones públicas, Milei tardó apenas una docena de minutos en soltar los primeros improperios. Y una vez que comenzó, ya no pudo detenerse. Arremetió contra el “maldito kirchnerismo”, calificó a sus adversarios políticos como “orcos” y los responsabilizó directamente por la desocupación. Sin mencionarlos explícitamente, también descargó su furia contra empresarios como Paolo Roca y Javier Madanes Quintanilla, a quienes señaló de manera indirecta como parte del “establishment” que obstaculiza sus reformas.

El capítulo más virulento de su alocución estuvo reservado para los periodistas. Con un desprecio mal disimulado, los llamó “sucios”, “analfabetos” y “basuras con micrófono”. Llegó incluso a emplear el término “sicarios” para referirse a los trabajadores de prensa, y los acusó de ocultar deliberadamente los supuestos logros de su gestión. “¿Se dan cuenta del esfuerzo que hacen para ocultar todo esto?”, preguntó retóricamente, mientras el público respondía con una cerrada ovación. En un arranque de desafío, agregó: “Entiendo que me odien, pero les puedo dar argumentos adicionales para que me odien aún más”. La frase generó un nuevo estallido de aplausos y risas entre los presentes.

En otro segmento de su discurso, Milei abordó el espinoso tema del empleo. “Están molestos porque el modelo no genera trabajo, pero echamos a más de 70 mil empleados públicos e hicimos la reforma laboral que era la más imposible”, presumió, y se jactó de haber logrado “lo que ni siquiera pudieron hacer los gobiernos militares”. Luego, en una afirmación que generó escepticismo entre los analistas, aseguró que los salarios informales están “volando como pedo de buzo” y que han superado a la inflación en más de un 60 por ciento, mientras que los salarios formales se mantienen estancados y los del sector público continúan en caída.

Antes de finalizar, el mandatario se permitió un gesto que combinó la autocomplacencia con un tono casi mesiánico. “Yo ya tengo mi futuro asegurado, voy a vivir de dar conferencias, pero esto lo estoy diciendo por el bien de los argentinos”, afirmó, y cerró con una pregunta que dejó flotando en el aire: “¿Ustedes quieren volver al pasado? Okey, está en sus manos”. La frase, pronunciada con un dejo de resignación y desafío, fue el broche de oro para un discurso que, más que un balance de gestión, pareció un llamado de atención a sus propias filas y un intento de movilizar a un electorado que, según las encuestas, comienza a mirar con distancia el rumbo elegido. La cumbre “Vientos de Cambio” terminó así, entre aplausos y polémicas, dejando en claro que el Presidente no está dispuesto a ceder ni un milímetro en su cruzada ideológica, aunque el costo social y político sea cada vez más elevado.

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